ESPAÑA, LOS ABUELOS Y EL COVID.

Por Marcelo H. Echevarría (1)

Dos artículos publicados en el Diario 16 de España por la prestigiosa periodista María José Pintor Sánchez-Ocaña dan cuenta del impacto de la segunda ola de contagios en ese país.

El 31 de octubre pasado, el medio periodístico citado alertaba acerca de la crítica situación imperante en nueve comunidades españolas.

Las Unidades de Cuidados Intensivos (UCI) poseían en ese entonces  el 25% de camas con pacientes covid y la mortalidad nuevamente cobraba vidas de los adultos mayores, toda vez que, de las 14.000 muertes registradas a fines del mes pasado, el 90% eran de mayores de 65 años.

Como la labor de un periodista de investigación es informar con objetividad a la opinión pública, la citada profesional ahonda en la problemática realizando un exhaustivo estudio referido a las residencias para ancianos.

El título de esa columna de imperdible lectura lo resume todo “Residencias para Mayores: Tras la tragedia, todo sigue igual”.

Analizando esos informes periodísticos y abstrayéndome de datos estadísticos de público conocimiento respecto a la totalidad de muertos en estas residencias, concluyo que, a la política sanitaria seguida con nuestros abuelos, le aplica el dicho popular consistente en que “el hilo se corta por lo más delgado”.

En efecto, parecería que constituiría una decisión mucho más fácil, rápida y de menor costo político encerrar a los mayores de 65 años que el trabajar evaluando un protocolo de prevención sanitaria exhaustivo, exclusivamente para ese segmento poblacional de alto riesgo por edad o comorbilidad.

La inexistencia de protocolos preservando la salud mental y emocional de nuestros mayores se sustituye con el encierro.

La política sanitaria debe humanizarse y ser empática con estas situaciones desgarradoras que vemos a diario.

Se trata de aquellas personas que trabajaron desde muy jóvenes, abonaron sus impuestos, creyeron en su país, para que hoy, pandemia de por medio y en la última etapa de su vida, el Estado los olvide dejándolos bajo una fuerte tempestad en un barco a la deriva.

Esa persona encerrada en una residencia para mayores necesita apoyo psicológico y social, a fin que se evalúe su salud mental como también que se determinen sus necesidades básicas insatisfechas y carencias, sean éstas económicas y/o afectivas.

Parece que olvidaron de elaborar una “política de contención” para los mayores.

Liberar a los abuelos a la buena de Dios habla mucho del perfil de la clase dirigente, toda vez que si un país deja sin asistencia a una franja de su ciudadanía (no importa su edad), es porque una parte de la política se divorció de sus representados.

Y ese divorcio no es una consecuencia del covid, sino que saca el velo y muestra la verdadera cara de quienes poseen la responsabilidad y vigilancia sanitaria de un país al cual le pasa inadvertido el cuidado de un segmento poblacional.

Así, el que lo que no muere por la pandemia se encontrará apto para que una pena del alma produzca su eventual deceso.

Soy consciente que estas líneas no cambiarán el rumbo de los acontecimientos, pero, si algún abuelo encerrado en una residencia lee esta opinión y se encuentra identificado con la misma, sepa que no está solo y que voces mucho más calificadas que la de este ciudadano argentino harán que los responsables salgan de su zona de confort y comiencen a trabajar eficazmente por su salud mental y su estado emocional ante la soledad en que se encuentra, elaborando lo que aún parece no existir o no encontrarse en agenda de la dirigencia, siendo una verdadera política, pero de “contención” para usted Señor o Señora que hoy se siente desamparado, con miedo y sin que nadie entienda lo que está padeciendo encerrado en la habitación de su residencia.

 

(1) Abogado (UBA)- Especialista en Derecho Penal (UB)- Autor e Investigador de Derecho Penal en Argentina y en España.