NUNCA ME CONTAGIARÉ DE COVID.

Por Marcelo H. Echevarría (1)

En el prestigioso diario ABC de España, Josefina G. Stegmann publicó una excelente columna titulada “Las fiestas del Covid: “descerebrados” que tosen en los vasos para contagiar a los demás”.

En la citada nota periodística, la autora, basada en hechos reales, informa que, más allá que España se encuentre atravesando la segunda oleada del virus, los responsables de la circulación viral sería la gente joven, menor de 30 años, con fiestas privadas y públicas. Estos jóvenes, escupirían y tocarían los vasos, botellas y superficies con la finalidad de infectar al mayor número de gente.

Estamos hablando de un país donde el virus mató a 28503 personas hasta este momento.

Entonces:

¿Qué pasará por nuestras cabezas para realizar este tipo de actos?

Trataré de fundamentar la respuesta comenzando con una analogía.

Recientemente, en Buenos Aires, en el Barrio de la Recoleta, en pleno invierno, (contrariamente a España que se encuentra en verano) hubo días de la semana pasada atípicos de más de 20 grados.

Ello dio lugar a que se agolpara la gente en las cervecerías de ese pintoresco barrio porteño, no respetando ni la distancia social, ni la cuarentena -que ya llevamos más de 140 días de encierro- y, a pesar de ello, tenemos que lamentar a la fecha 4.606 muertes.

Lo más grave es que nos encontramos o en el pico de los contagios o llegando al mismo.

Tal es así que las autoridades no dejan de informar que en las siguientes semanas se incrementarán los números tanto de contagiados como de muertes.

Entonces, con estas conductas transgresoras:

¿Estaremos desafiando deliberadamente a la enfermedad o será un mecanismo mental de negación?

Lo que sucede en España o la atroz crítica que reciben las autoridades de Argentina por prohibir los eventos sociales y familiares, dan cuenta que, para muchos, la única defensa es el desafío al coronavirus.

Quizás otros no lo entiendan como un desafío, y se encuentren encapsulados en la clásica afirmación “a mí no me infectará”, negando en su mente la posibilidad de un contagio, de la misma manera en que se niega ser adicto, violento o manipulador.

De una u otra forma no se podría entender que el ser humano posea estas actitudes tan ligeras ante una pandemia que, hasta el día de hoy, arroja un saldo aproximado de 730.000 muertes a nivel mundial.

Nadie podría afirmar desconocer este impacto brutal.

Todos nos encontramos muy bien informados sobre sus consecuencias letales al existir las redes sociales, además del periodismo que, en la inmensa mayoría de sus notas, son relativas a esta pandemia (sea por temas sanitarios, sus consecuencias económicas o sus efectos sociales).

Y si estas conductas transgresoras o negadoras las trasladamos al plano de la responsabilidad social y familiar, evidencian un gigantesco egoísmo.

La persona que provoca la enfermedad o niega la misma, puede encontrarse contagiada (sea con síntomas o asintomática).

Allí nace su aptitud para contagiar a un familiar que se podría encontrar entre los grupos de riesgo (sea que posea una avanzada edad o una patología preexistente que lo hace recaer dentro de la morbilidad).

Concluyo.

Mi opinión es que el problema es cultural.

Transgredimos, nos revelamos, negamos la enfermedad, no acatamos lo que la autoridad sanitaria le solicita a la población a modo prevencional, nos creemos impunes al contagio, etc.

Por más sanción que se imponga, solo nos puede hacer reflexionar una única situación extrema, siendo ésta el encontrarnos en una cama de hospital o de terapia intensiva o que, lamentablemente, sea un ser querido quien se encuentre en ella producto de un contagio provocado por nuestras propias conductas transgresoras.

Luego de eso, en nuestras mentes, habrá un antes y un después.

Lo único que deseo es que, ojalá, no sea tarde para nadie, ni para los transgresores fiesteros, ni para los negadores seriales.

(1) Abogado (UBA) – Especialista en Derecho Penal (UB)- Autor e Investigador de Derecho Penal en Argentina y en España.